Volver al Indice de Monografias

ROUSSEAU Y LA SOBERANÍA

 Rousseau se adelantó a lo que iba a suceder años después, ya que escribió su obra varias décadas antes de los procesos revolucionarios del siglo XVIII.

Dice Ortiz (Política y Estado) que la doctrina roussoniana presupone ciertas premisas que damos por más que conocidas. Así la idea de la bondad natural del hombre, su vida libre y feliz en el estado de naturaleza, su desgracia al perderla en el momento que nace la apropiación de los bienes por particulares. El lento paso de la civilización que, siglo a siglo, trae más desventuras a los hombres, los vuelve más infelices y corruptos. El poder es un mal que hay que vencer a través de la acción redentora del pueblo. Así, emanada de un contrato tan hipotético como confuso, nace la voluntad general, expresión popular por excelencia. Lógicamente a partir de aquí aparece la idea de soberanía que en muchos aspectos parece un calco de lo imaginado por los absolutistas, a los cuales Rousseau decía combatir.

- El soberano (es decir el pueblo, que se expresa en la voluntad general), es infalible. El pueblo no puede querer nunca su propio mal, por lo tanto, nunca se equivoca.

- La soberanía es indivisible. Es del pueblo en forma integral: si el pueblo cede parte de ella, ya no es soberano.

- Es inalienable: por consiguiente, no se puede ceder. Si se lo hiciera, entonces el soberano sería la persona o personas que representan al pueblo.

- Es absoluta, no tiene límites; ni tampoco existe el derecho de las minorías frente a ella. A quien no está de acuerdo, corresponde «obligarlo a ser libre».

- La soberanía popular se expresa en la ley. La ley, por surgir del pueblo (que es infalible) siempre es justa.

- Para garantizar la rectitud de la ley, su elaboración debe estar en manos de una especie de superhombre, que es el gran legislador, genio y sabio a la vez.

- La soberanía, por esencia indelegable, hace que los gobiernos sean meros comisionistas del pueblo. Sin representación alguna, deben ejecutar lo que el pueblo ha decidido.

- El soberano debe decretar la religión civil, fijar sus dogmas y castigar a los remisos en comportarse externamente conforme a sus preceptos.

- Tal religión civil impone preceptos para la convivencia social que deben ser cumplidos por los ciudadanos. Se aconseja la muerte y el destierro para los disconformes.